El amor mueve al mundo
El amor mueve al mundo

¿Cómo podemos atrapar al amor? ¿Cómo lo tomamos?

Simple y llanamente, el amor no se toma, no se puede atrapar, no se puede arrebatar o exigir.

Siendo el amor lo más importante en nuestra vida, nadie nos enseñó a amar, nunca en el aula de clase nos dictaron una asignatura que se llamara AMOR, por lo tanto un gran número de individuos, no saben amar.

En el amor de pareja, empezamos a depender de la otra persona y es tal la dependencia, que sentimos temor de perderla, de que se vaya o de que alguien la quite. Dicho temor, nos genera inseguridad, la cual conocemos con el nombre de celos.

Es cuando a la otra persona le hacemos la vida imposible, y nos la hacemos a nosotros mismos, preguntándole: “¿Dónde estabas?”,”¿Con quién estabas?”, “¿Qué hacías?” e infinidad de simplezas más, de tópicos comunes entre novios, esposos y a veces simples amigos.

En el fondo lo único que transmitimos es inseguridad, que solo se siente cuando dependemos demasiado, cuando nos esclavizamos a él, lo cual no es recomendable, porque en lugar de amor, hay miedo y este no ayuda a resolver los problemas de nuestra vida.

Todos vivimos en función de amar y de ser amados y aunque tal sentimiento es fundamental para la existencia, la supervivencia y el desarrollo del ser humano, nos preguntamos: ¿Qué es el amor en sí?… Sin rodeos filosóficos ni metafísicos, el amor es un proceso que comienza comprendiendo a la otra persona, y esa comprensión genera aceptación.

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Si estamos enamorados, no podemos comprar a la persona que amamos.

Nadie es dueño de otro. Nadie tiene el derecho de transformar a otro en aquello que él es. Podemos ayudar a la renovación integral, al desarrollo de la otra persona como individuo no supeditado a nosotros, pero todo ello, mediante un proceso.

Lo grave es cuando surge la presión psicológica: “Tienes que hacer determinada cosa, porque yo así lo deseo, porque así te lo impongo, porque si me amas, es tu deber hacerlo”.

No hay una “naturaleza del amor” que deba ser respetada, nada hay que no esté condicionado por la relatividad, lo que llamamos “amor” está atravesado por las contingencias del lenguaje y sus símbolos.

A partir de esto podemos desprender algunos corolarios, por ejemplo que el amor posee su fabulación histórica, y que dicha fabulación vive en nuestra piel nostálgica por una otredad que suele adornarse, cristalizarse, con mil y un virtudes.

Es la mano del imaginario colectivamente aceptado la que nos encamina en la búsqueda del grial amoroso, y no hablo del patético “príncipe azul”, o de supuesto “amor de mi vida”, sino de algo más elemental, de la pretensión de inmutabilidad de los afectos, de imperturbabilidad de la alegría. Me parece que debemos desdibujar nuestros prejuicios respecto al amor, no sólo por llana salud mental, sino para conducir de mejor forma nuestras experiencias amorosas en el campo magnético de los símbolos.

El término “amor” incluye aquí lo que la gente común entiende por amor, cuando se dice “te amo”, y que muchos autores tienden a diferenciar como “amor romántico” distinto del “interés sexual”.

Como quiera que tal distinción podría contribuir a confundir aún más un campo suficientemente difuso, en lo que sigue se entiende por “amor” lo que suele entenderse habitualmente entre las parejas y que se definió en el párrafo anterior.

Por otra parte, es cierto que, en muchos casos, la aproximación entre dos personas no tiene como objeto el establecimiento de un compromiso, sino que puede estar motivada por interés sexual o por lo que se tiende a denominar como amor romántico.

Al ser ésta una cuestión que trasciende del amor propiamente dicho, y que habría que situar en un debate social, al tratarse de valores y metas sociales qué tipo de amor quiere la sociedad, qué tipo de relación entre las personas quiere la sociedad.

Fuentes: Actitud Positiva – Jorge Duque Linares.

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